La llegada

La llegada tbY llegaron, por fin llegaron. Cargados con sus bártulos, arrastrándose, casi sin fuerzas, después de agotadores días y noches en los vagones de los sucesivos trenes y coches de línea que tuvieron que coger.

A Maruxa, el viaje, a pesar de su lentitud se le hizo breve. No paraban de suceder cosas increíbles. Personas nuevas, con otra forma de hablar, estaciones de tren repletas de gentes, unas amistosas, otras hurañas, con cara de preocupación, vigilando sus pertenencias, el miedo a perder lo poco que tenían era mucho. Niños corriendo por todas partes, con los cuales se iniciaban juegos que se veían interrumpidos cuando se oía el pitido del tren acercándose y había que correr, apilando bultos y maletas para subir de los primeros.

Después de todas esas peripecias, por fin llegaron a su destino. Era una tarde calurosa del mes de junio. Habían dejado atrás una tierra de montañas y valles frondosos, de color verde esmeralda, un mar de color turquesa, que las tardes de invierno reflejaba el cielo plomizo y parecía de plata bruñida y encontraron unos campos amarillos de cereales, como mares de oro ondulando al ritmo del aire sofocante, bajo un sol abrasador y estepario.

Su madre nunca se acostumbró a aquel paisaje, aquel calor infernal en verano y los crudos inviernos, donde lo más habitual era que nevara varios meses, muy diferente de su tierra, de clima suave y temperaturas frescas.

Maruxa supo, tiempo después, que esa era una tierra rica y de gente abierta y hospitalaria, acostumbrada a acoger a todo tipo de personas.

La llegadaMaruxa nunca había vivido en un cuartel, a su madre no le gustaban los cuarteles, decía que eran un nido de cotillas, pero en esta ocasión no le quedó mas remedio, en el pueblo tenía que ser así. El cuartel era un edificio nuevo, a estrenar, fue la primera vez que Maruxa tuvo una casa con cuarto de baño, y la cocina… qué diferente a la “lareira” donde cocinaba su madre, si hasta tenía un depósito siempre lleno de agua caliente…

Cuando ellos llegaron, su padre ya estaba allí; estaban sus camas, sus cosas, las cosas conocidas a las que aferrarse, las cosas que te dan seguridad cuando se empieza un camino nuevo, en un sitio tan diferente.

La primera noche que Maruxa durmió en su nuevo hogar tuvo una habitación para ella sola, a pesar de que no estaban las camas montadas, todo estaba lleno de paquetes y tuvo que dormir en un colchón en el suelo; sintió que esa nueva vida iba a ser una vida muy buena.

Allí amanecía muy pronto, hacía un calor abrasador. Cuando ella despertó ya estaban los mayores organizando la casa y su madre, después del desayuno, la mandó a la calle, ¡venga, vete a jugar por ahí, no des la lata! La niña salió de casa, no se fuera a escapar algún sopapo, bajó al patio y como la cosa más natural del mundo, los demás niños la incorporaron a sus juegos. No en vano todos eran nómadas, acostumbrados a andar de cuartel en cuartel dependiendo de los traslados de sus padres, sin extrañarse, cada vez que había que volar hacia otros derroteros.

Durante muchos años, fueron sus compañeros de juegos, riñas, colegio, correrías, travesuras… crecieron descubriendo la vida. Cuando Maruxa ya era María y las cosas se ponían difíciles, recordar los años de su infancia era, para ella, un estímulo, supo que a pesar de las dificultades, fue feliz.

4 thoughts on “La llegada

  1. Leer esto es sentirlo.

    • La Hacedora de Joyas says:

      No eres tan desastre como crees….besos.

    • Eres increíble, de un futuro incierto pones amor para la felicidad. De un largo viaje, le sacas lo mejor. Gracias por ser como eres. Una gran amiga que quiero y admiro

      • La Hacedora de Joyas says:

        Teté,

        Todos los futuros son inciertos.

        Todos los largos viajes, son excitantes.

        Solo con amor y espíritu positivo se puede intentar ser felíz, y la vida me ha enseñado que son dos de las pocas cosas que no cuestan nada y te devuelven…ciento por uno.

        Besos.

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