La noche de San Juan

lanocheestrellada-vangoghMaruxa vivía en una villa.

Era una villa muy bonita, la plaza central estaba construida en lo más alto, con su iglesia de vistoso campanario, su pequeña alameda flanqueada de plátanos, por donde paseaban las chicas los domingos por la tarde, dando vueltas arriba y abajo, esperando que los chicos las miraran, pero ellos, brutos, se dedicaban a pelearse, cacareando como gallitos en un corral, para llamar su atención.

En la villa de Maruxa, la noche de San Juan era mágica, ya se había acabado la escuela, (ella solo oyó hablar del “colegio” cuando ya era María, muchos años después, en aquel tiempo el “colegio” era la escuela y los “profesores” eran maestros), así que los niños podían pasar la tarde recogiendo maderas, muebles viejos y todo lo que sirviera para hacer una gran hoguera, se amontonaba todo, se reunían varias familias vecinas y….se encendía el fuego.

Círculo de fuego

Círculo de fuego

Cuando aquellas llamas lamían la noche, la imaginación de Maruxa empezaba a desbordarse, veía fantasmas, las lenguas de fuego le parecían espectros terribles (no en vano sus hermanos mayores se divertían asustándola con “Marful”, que vendría para llevársela a sabe Dios donde), pero así mismo el fuego la atraía de una manera hipnótica, le daban ganas de lanzarse a saltar las llamas como hacían los mozos más valientes. Ella con su inseparable Pepín y algún amigo circunstancial, se dedicaban a tirar de las chaquetas a los mayores y a hacer alguna que otra travesura, que parece que esa noche casi todo estaba permitido.

Cuando el fuego eran solo brasas, los mayores recogían las sillas, reunían a la tropa pequeña y agotados, pero felices, entraban en sus casas.

Pero antes de meterse en la cama había que cumplir un último ritual.

Su madre decía, que su abuela le contaba, que esa noche, había que ir a la huerta, coger unas flores cubiertas de rocío, deshojarlas, sacar agua del pozo y en una palangana poner las hojas en la ventana, al sereno y las hadas venían e impregnaban de magia el agua.

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Por la mañana, con las primeras luces del alba, había que lavarse la cara con esa agua y…..te librabas de la mala suerte y tu cutis era resplandeciente.

Cuando su madre ponía el agua en la ventana y todos estaban en la cama, ella se asomaba despacito y veía fascinada como la luna hacía brillar los pétalos de las flores, imaginaba que eran piedras preciosas, con las que adornarse, (tardaría mucho tiempo en saber que las rosas rojas y aterciopeladas, eran como granates, las violetas como preciosas amatistas y las verdes hojas de laurel, como jades traídos de lejanos países), y en su cabeza bullían formas y diseños que, si le hubiese preguntado, ni ella misma sabría explicar.

Hasta el presente, María ha vivido muchas noches de San Juan, y todas, todas le han parecido y le siguen pareciendo mágicas, no en vano después de un amplio recorrer el mundo, sigue viviendo en su tierra, la tierra mas misteriosa que le ha sido dado conocer.

 

11 thoughts on “La noche de San Juan

  1. Carmen Rico Coira says:

    LA NOCHE DE SAN JUAN…
    la que me viene de golpe a la memoria, quizá la primera que recuerdo me sabe a mi abuela…me sabe a pan con manteca y azúar… Luego vinieron otras…muchas ya. La mayoría pasaron desapercibidas, pero no aquella…

    Mi abuela me enseñó a explotar abrulas, las que luego, mucho más tarde supe que se llamaban digitalis purpúrea, y tanto me gustaba hacerlo, que aún hoy cuando fui al gallinero , no me resistí ante una mata que crece allí todas las primaveras,  y  exploté un ramito entero. Clac, clac… Como cuando era niña y pensé en la abuela, que nunca tenía tiempo para la vida contemplativa y mucho menos para recoger florecitas  silvestres…menos en San Juan, que dedicaba buena parte del día en engalanar la casa, por dentro y por fuera. Vasitos y botes llenos de abrulas y de xestas…flores humildes para alejar las brujas y la mala suerte , se distribuían por la casa.
    En las regandijas  de las piedras de la fachada,  parecìan nacer esos ramitos rosas que parece ser nos protegerían todo el año de todo lo malo.
    Las rosas aquellas, rosas rosadas, rosas primitivas, las reservaba para deshojarlas en la palangana de porcelana blanca que se suponía que guardaríamos  para  el día siguiente…no sabía muy bien por  qué se hacía aquello pero me parecìa muy simpático eso de lavarme con agua dé rosas, pero,  casi siempre me olvidaba…mil pájaros en la cabeza…
    Y San Juan hoy me sigue sabiendo a la abuela y me sabe a café…ella que era la única que me perdonaba el tomar la leche que aborrecía y en su lugar me daba una tacita de café negro, del de los mayores,  con pan de centeno bien picadito encima y cargado de azúcar. 
     La noche caliente, la luna  bien llena… y al lado del fuego, escuchaba atenta  las historias de lobos que alguien siempre contaba… y de estrellas fugaces y hasta de  la santa compaña y me quedaba dormida acurrucada en su hombro…

  2. Esta muy bien, me ha gustado mucho. Le echaré un vistazo amenudo. Eres una artistaza. Besos

  3. Me encanta. Se me semeja a los cuentos de Bruguera, unos pequeñitos que tenía de pequeña y en donde los tesoros parecían muy reales, uno se los encontraba muy facilmente

    • La Hacedora de Joyas says:

      Gracias Sole, cuando somos pequeños todo puede ser un tesoro, lo que deberíamos de intentar, es no perder esa capacidad de ilusionarnos al hacernos mayores.
      Un abrazo.

  4. Precioso relato!!….emoción mientras lo leía y una curiosa sensación haberlo oido antes… como esas historias o peliculas que son relatadas desde los diferentes puntos de vista de los protagonistas, Maruxa ha estado presente en mi niñez también, como parte de otra niñez a su vez…
    Ayer noche delante de otra hoguera yo misma le explicaba la costumbre del baño de flores a otra mujer…costumbres de la infancia de mi madre, mis tías, mi abuela …y de tantas mujeres antes que ellas!
    Espero con ganas tus siguientes relatos!!!!

    • La Hacedora de Joyas says:

      Claro Salima, lo que siente Maruxa es un sentimiento universal, la magia no tiene fronteras…
      Lo bueno es que ella te sepa transmitir esas sensaciones.
      Por cierto, ya hay más relatos.
      Un abrazo.

  5. Azucena Iglesias says:

    Yo también había oído la historia a través de mi padre…. Y me puedo imaginar la escena… Aunque cambio el escenario al piso q yo conocí en calle San Miguel nº 52 y veo la huerta y sueño…. Y tb a mi me hablaron de Marful q ahora vive en Logroño en una ortopedia y q mis hijos conocieron a través de su abuelo, pero allí en la villa yo al q temía era al sacamantecas (pero no tanto ji,ji al final me escapaba a jugar, eso si, con cuidado y vigilando las escaleras).
    Te seguiré leyendo… Pero a mi me gusta mucho el papel a ver si cojo el ordenador (estoy con el movil) y los puedo imprimir.
    No puedo evitarlo, soy un dinosaurio.

  6. La Hacedora de Joyas says:

    Gracias a tí Azu, no sabes lo que me gusta que estas historias te trasladen a la niñez, que se despierten tus recuerdos, que vuelvas a vivir años preciosos…
    Sigue a esta hacedora, seguro que hay mas cosas que te van a interesar.
    Lo del libro me encanta, pero creo que hay un punto de amor incondicional que no es objetivo.
    Un abrazo

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